Pitágoras y la Racionalidad.
El primero que acuñó la palabra racional para indicar algo que es lógico, coherente, fue Pitágoras. Parece ser que utilizó indistintamente tanto el término griego “rhetos” (decible) como su sinónimo “logos” (articulado, enlazado).
Tanto el “rhetos” griego, como su forma equivalente latina “rationalis” o nuestro castellano “ración”, incorporan también la idea de “fraccionario” o “proporcional”
Dicho de otro modo, cuando Pitágoras se refería a algo como racional, como “rhetos”, lo que quería decir esencialmente era que se trataba de algo “fraccionario” o “expresable en términos de fracciones”.
La evolución de la palabra rhetos al latín y a las lenguas romances preserva esta idea,
Pero ¿qué sentido entonces tiene que cuando decimos que algo o alguien es racional, en realidad estemos diciendo, etimológicamente, que es fraccionario? ¿Soy yo “fraccionario” en mis actos? ¿Es el hombre un animal “fraccionario”? ¿Es “fraccionaria” la solución que se ha dado a este u otro problema?
La solución del misterio radica en la convicción pitagórica de que comprender una cosa, esencialmente, era entender las proporciones ocultas en ella. La cosa aparente no era nada, la cosa real era el conjunto de proporciones internas y sus relaciones armónicas con otras cosas del mundo.
Para Pitágoras, fascinado por el universo armónico de la música y la geometría, el conocimiento solo podía ser el conocimiento de las proporciones. Por eso la verdad y la lógica debían basarse en la “fraccionalidad”, es decir, en la capacidad de expresar algo como fracciones, como quebrado, o lo que es lo mismo, en la “racionalidad”. Solo aquello en lo que hemos detectado armonías y proporciones era expresable para los pitagóricos (rhetos, retórica) y lógico (logos, lógica).
Es comprensible que esta idea pitagórica parezca rara. Pero puede entenderse mejor con un ejemplo.
Imaginemos que un ciudadano del París del siglo XVI viaja en el tiempo hasta nuestros días. Si pasea por el barrio latino, por ejemplo, tal vez no encuentre ninguno de los edificios que existían en su tiempo. Pero seguirá reconociendo perfectamente el barrio, pues la disposición de esos edificios será más o menos similar a la que el conocía. Las casas destruidas o deterioradas por el tiempo han dejado paso a otras más nuevas, pero la disposición se ha mantenido.
Si se piensa un poco sobre esto, se llega a la conclusión de que lo que constituye una ciudad no son sus casas y sus ladrillos, pues desaparecidos estos aún reconocemos la ciudad, aún existe la ciudad. Lo que parece ser la realidad de una ciudad es entonces su estructura, su pauta, sus proporciones. A partir de este pensamiento, podemos dar un salto conceptual y concluir que la verdadera realidad de las cosas está en sus proporciones. Esta es en esencia la idea clave de Pitágoras y su noción de racionalidad. Y no es tan rara, después de todo.
Pitágoras veía el mundo real como un mundo de proporciones enmascaradas por un velo sensible que el sabio debía ser capaz de retirar a fin de encontrar lo racional.
Curiosamente, esta idea del mundo como puro conjunto de armonías y pautas, no está muy lejos de lo que muchos pensadores de hoy en día sostienen, por ejemplo los llamados “filósofos digitales” en el sentido de que el universo, no es en última instancia sino un universo de información, de relaciones puramente formales. Un universo de racionalidades.